Razón y refutación

Preguntas y respuestas.
Los temas en torno a los cuales gira la reflexión filosófica no son muchos. Se trata de responder racionalmente a unas pocas interrogantes formuladas reiteradamente desde los inicios de la filosofía:  ¿Cómo es el mundo?, ¿Qué el hombre?, ¿Cuál su destino?, ¿Cúal el orden que los rije?, ¿Qué es la razón, el conocimiento, la verdad, la justicia, el bien?... ¿Qué hacer?. La singularidad de la cuestión filosófica sin embargo no radica en la magnitud del cuestionario, que en última instancia contiene aquellas preguntas que todo hombre se formula en algún momento de su vida, sino en que las respuestas que se den a esas interrogantes han de ser racionales. Esa es una condición insalvable. Asegurar que las absoluciones filosóficas deben ser racionales quiere decir que deben ser intelegibles. Las respuestas inteligibles son opinables, porque sino lo fueran serían definitivas. Además de opinables las respuestas filosóficas deben ser debatibles y refutables. La filosofía se manfiesta primordialmente a través de un diálogo racional -ordenado, inteligible y opinable- cuya virtud está en que propicia la refutación, refutación  que, como lo afirmaba Sócrates,  purifica del error que esclaviza, constriñe y somete. La filosofía se desenvuelve en un diálogo que es además inagotable y continúa  en cada generación aboliendo el tiempo; los lugares y distancias. En las posibilidades que abre esa ubicuidad y continuidad radica la riqueza del diálogo filosófico. Es correcto entonces decir que no hay preguntas filosóficas sino solamente interrogantes cuya absolución admite una respuesta filosófica. Las respuestas filosóficas ensayadas con el propósito de absolver las preguntas fundamentales son tantas como sus multiples reformulaciones y ninguna de ellas es definitiva ni totalmente satisfactoria. Si alguna respuesta fuere definitiva o totalmente satisfactoria entonces tal respuesta pasaría a formar parte del dogma o de la ciencia y la pregunta así absuelta dejaría de tener interés filosófico, al menos para quien encontró la respuesta. Si las respuestas no fueren racionales, inteligibles o debatibles, entonces no serían dialogables y carecerían en consecuencia de relevancia filosófica, aunque puedan tener otras virtudes o utilidades. Por todo eso y porque cambian los interlocutores y cambian las circunstancias, persistirán las interrogantes y explicaciones filosóficas.
Razon y orden. 
Cuando se asegura que las respuestas filosóficas a las preguntas fundamentales deben ser racionales lo que en sustancia se afirma es que las absoluciones deben estar claramente expuestas. Debe estar al alcance de quien les presta atención la posibilidad de identificar el orden dentro del cual se inscriben y en eso consistiría su intelegibilidad. Las respuestas son inteligibles en cuanto se ajustan a unorden linguistico, formal, lógico; o a un orden teórico, conceptual, mental ideológico; o a un orden natural, objetivo, material. Si las respuestas se ajustan a cualquier clases de orden son inteligibles.   El término o vocablo razón es equivalente al término o vocablo orden. El término racional es equivalente al termino ordenado. Y el término razonable es equivalente al término a ordenable. Orden, ordenado, ordenable son términos equivalentes a razón, racional, razonable. Pueden usarse indistintamente uno u otro y ordinarimente sustituirse o intercambiarse en el discurso sin que la sustitución altere los contenidos. La diversidad que admite el uso de vocablo razón obedece al hecho de que hay muchas clases de relaciones de orden, a partir de allí, muchos tipos de orden y en consecuencia muchas clases y tipos de razón, cada uno de los cuales requiere particular explicación.  Si hay una razón matemática, entonces hay un orden matemático. Si hay una razón natural, entonces hay un orden natural. Si hay una razón lógica entonces hay un orden lógico. Los números racionales son aquellos que pueden ordenarse en tanto que los irracionales son aquellos que no pueden ordenarse, son desordenados. Si hay una razón universal entonces se afirma que hay un orden universal. Heráclito pensaba que hay una razón que rige los proceso de cambio a que se encuentran sometidas las cosas que percibimos y con ello quería asegurar solamente que hay un orden en la ocurrencia de los sucesos del universo.
Tocqueville

La virtud del error

El error es un resultado indeseable, consecuencia de una idea desacertada, un razonamiento falso, un juicio equivocado, una percepción defectuosa, una acción incorrecta. Al error conduce una disfunción perceptiva, intelectiva o volitiva.
Los hombres inteligentes, entienden el error, reconocen sus causas y sus efectos; alcanzan una idea clara de lo defectuoso de la percepción de los fenómenos, lo falso del concepto o del juicio que los guió o lo desacertado de su proceder. Pueden cambiar de opinión, aclarar el juicio, y modificar la conducta.
Los hombres inteligentes y bondadosos no solamente entienden el error, sino que, adicionalmente, reconocen su culpa y saben del arrepentimiento: Sienten pesar de haber hecho o dejado de hacer lo que debieron. Sufren la pena y aceptan la condena.
Los hombres inteligentes, bondadosos y sabios entienden el error y sus causas y efectos; reconocen su culpa y saben del arrepentimiento; sufren la pena y aceptan la condena, pero además de todo esto, conocen el deber: Asumen la responsabilidad que les cabe por los efectos de error; modifican su propia opinión, enmiendan su proceder, y realizan los actos que son necesarios para salvar sus efectos: Los hombres sabios rectifican.
La virtud del error no radica en su comprensión, ni está en el arrepentimiento. La virtud del error está en la rectificación. La rectificación es la negación del error.


"... tal vez sea necesario que el homo sapiens -el arcaico creador de la ciencia- urgentemente acometa la empresa de buscar hasta encontrar al homo justus que en él radica, para que se aplique a la invención de la Jurisprudencia y nos diga en qué consisten las leyes de lo justo, y alcancemos a formular algún día algunas afirmaciones que declaren las certezas que iluminen los pensamientos, las palabras, los actos y los hechos justos; y que, descubra la tecnología, métodos y procedimientos que a ello conduzcan. ¡Que bueno sería! Entonces, quedaría en el compasivo y avergonzado recuerdo de los hombres la brutal guerra, el aspaviento de la invasión infame, el secreto de los acuerdos innobles, la cotidiana pelea por la sopa...

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